Por P. Óscar Martín SJ
La lluvia es natural, el granizo es natural, El Niño es un fenómeno natural. La vulnerabilidad que nuestra ambición ha construido no lo es.
Desde hace meses escuchamos hablar de El Niño. La Organización Meteorológica Mundial nos ha advertido que 2026 es fuerte y que seguirá intensificándose hasta finales de año. En Paraguay no necesitamos demasiadas explicaciones para sentir que algo está pasando. En las últimas semanas las tormentas han golpeado repetidamente: lluvias torrenciales, ráfagas violentas, granizadas enormes, rutas cortadas o destrozadas, campos inundados, casas dañadas y techos de hogares convertidos en coladores.
A esas pérdidas visibles hay que sumar otras que solemos olvidar: accidentes de tránsito favorecidos por el mal tiempo y por rutas y calles hijas de la corrupción; días de trabajo y de clases perdidas; familias que dejan de producir o vender; gente que vuelve a empezar después de cada tormenta. El tema es que las noticias pasan tan rápido que corremos el peligro de acostumbrarnos, como si siempre hubiera sido así.
"Y no, no siempre fue así."
Si bien es verdad que El Niño es un fenómeno natural y periódico, que nosotros no hemos inventado, también lo es que hoy actúa sobre un planeta que los seres humanos ya hemos calentado. Por eso no lo explica todo decir simplemente: "lo que nos pasa es por causa del Niño".
En 2021 el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) afirmó categóricamente que es "inequívoco" que la influencia humana ha calentado la atmósfera, los océanos y la tierra. También señaló que el cambio climático causado por nosotros ya está afectando fenómenos extremos, entre ellos las precipitaciones intensas. Esto no significa que podamos atribuir cada granizada o cada tormenta concreta al calentamiento global. Significa algo mucho más grave.
"Hemos modificado el sistema climático dentro del cual esas tormentas ocurren."
En Paraguay nuestra responsabilidad tiene nombres bastante concretos. Durante décadas hemos apostado por un modelo agroexportador que produjo muchas divisas a unos pocos, pero también transformó radicalmente nuestro mapa ecológico, poblacional y de la pobreza.
En la Región Oriental, la agricultura mecanizada y especialmente la expansión de la soja fueron motores centrales de la destrucción del Bosque Atlántico del Alto Paraná. Estudios sobre su cobertura histórica estiman pérdidas cercanas al 90% del bosque original. En el Chaco, el gran motor de la deforestación ha sido sobre todo la expansión ganadera.
Dos rostros de un mismo modelo: convertir bosque en superficie productiva y llamar progreso al resultado, sin contabilizar todo lo que se destruye con él.
El bosque no es un adorno verde. Tampoco puede impedir por sí solo una lluvia torrencial, pero es el que regula el agua. Las copas amortiguan el impacto de la lluvia; la hojarasca y las raíces mantienen el suelo poroso, favorecen la infiltración y almacenan agua; disminuyen las torrentadas, la erosión y los picos de crecida. Los árboles, además, devuelven humedad a la atmósfera y enfrían la superficie.
Cuando quitamos el bosque, el suelo se compacta, absorbe menos y el agua corre más rápido hacia arroyos, rutas y ciudades.
"Un territorio deforestado es un territorio indefenso."
La soja nos ha convertido en un país profundamente "sojizado". Ha generado riqueza, sí, pero también concentración de esa misma riqueza, de la tierra, desplazamientos campesinos y enormes costos ambientales.
Miles de familias expulsadas del campo hacia las periferias urbanas encuentran allí otra cara de la misma vulnerabilidad: viven en zonas bajas e inundables, junto a cauces maltratados, sobre suelos impermeabilizados o en ciudades donde el drenaje nunca acompañó el crecimiento.
Por eso resulta demasiado engañoso llamar a todo esto simplemente "desastre natural". La lluvia es natural; el granizo es natural; El Niño es un fenómeno natural. La vulnerabilidad que nuestra ambición ha construido no lo es.
No podemos detener El Niño, pero sí decidir qué hacemos con nuestros bosques, humedales, cauces, ciudades y modelo productivo. Podemos restaurar, proteger, ordenar, prevenir y exigir que el costo del supuesto "progreso" deje de caer siempre sobre los mismos: los pobres.
El cambio climático nos obliga a elegir: seguir esperando la próxima tormenta para lamentarnos, o exigir un país más justo y capaz de resistirla. Y esta no es solo una tarea técnica: es política, social, ciudadana.
"No podemos acostumbrarnos a que lo evitable se nos presente como inevitable."
Lo que hoy sufrimos no es simplemente "natural". Fue sembrado durante décadas por intereses particulares que pusieron sus ganancias por encima del bien común: bosques talados, humedales destruidos, cauces desviados y un modelo que concentra los beneficios y socializa los daños.
Si seguimos tolerándolo, dejaremos de ser solo víctimas de la tormenta para ser también cómplices de su repetición.
Cambiar el rumbo exige una ciudadanía organizada que haga oír su voz. Es clave fortalecer las comisiones vecinales, las comunidades y las organizaciones sociales para poder convertir la preocupación en demandas concretas, vigilar las decisiones que afectan a nuestro territorio y sostener el reclamo cuando la emergencia deje de ser noticia.
Es importante que la solidaridad tan típica paraguaya, que se siente y nos reúne después de cada desastre, pueda reunirnos también para evitar el próximo.
Texto adaptado de la entrega 156 de Tiempos y Tiempo de Dios, del P. Óscar Martín SJ.
Ver el blog del autor →